Mujer 3D
Prostituta de sus letras
martes, enero 03, 2012
$%"#%$
Qué triste es extrañar con la mayor profundidad posible a aquellos que ni siquiera recuerdan que estás vivo.
lunes, enero 02, 2012
sábado, diciembre 17, 2011
Blackout
Gritos. Los ojos rojos, las venas desdibujandolos, ojos de cangrejo, salidos, furiosos, desorbitados, mirando de un lado al otro sin ver nada.
Puertas abren, cierra, se golpean. Memorias enterradas de una infancia infeliz que reflotan y sirven de alfombra para mirar la escena como si me fuera ajena. Lágrimas y más gritos. Pedidos de auxilio tan falsos al salir, tan inmediatamente necesarios por dentro. El verdadero pánico no es no poder respirar, sino seguir respirando, perpetuando un momento que hace que el pequeño niño que nos ve sin entender, llore al hacerlo. Odio, total, puro y pleno odio. Desgaste. Agotamiento. Frustración. Todas las hermanas del fracaso interior se juntan a tomar el té y discutir lo que ocurre: hombre y mujer que no saben amar, se aman de a ratos, se odian otros tantos y se ignoran la mayor parte del tiempo.
Una cosa lleva a la otra y el hijo es inevitable argumento para quedarse. Es el ancla recordatoria del pacto firmado. Puños contra paredes y camas y puertas y peticiones de paz y desdén. Manifiestos de superioridad, de menosprecio, de sacrificio: ¿quién da más que quién? Y así es como se hace una montaña de nieve. Así es como se congela el paraíso. Paraíso -el cielo y el infierno dependen entre sí para existir-.
Claro, ningún drama vende en taquilla si no hay camisas rotas, golpes en el pecho y el "déjame si eso quieres".
-Lo que él no sabe es que ella a veces fantasea con volver a estar sola y no tener que cocinar-.
-Lo que ella no sabe es que él quiere irse para dejar de sentir que ella lo quiere fuera-.
Y el niño gira de un lado al otro la cabeza: su primera escena infeliz desde que nació. Sabe que no es bueno. Llora. Los latidos del corazón de su mamá están desbocados. Llora aún más fuerte.
Y el nudo en la garganta se apodera de la casa, se olvidan los saludos, la cama se vuelve diminutamente incómoda, el olor se torna denso, la ducha muy finita, la vida absurdamente inservible.
Pero hay que preparar biberones y sacar la basura y barrer y orinar y cambiarse de ropa y lavarse los dientes y jugar con el niño y salir a comprar comida. Y así termina el día: ignorando todo lo único que no debe ser ignorado.
Puertas abren, cierra, se golpean. Memorias enterradas de una infancia infeliz que reflotan y sirven de alfombra para mirar la escena como si me fuera ajena. Lágrimas y más gritos. Pedidos de auxilio tan falsos al salir, tan inmediatamente necesarios por dentro. El verdadero pánico no es no poder respirar, sino seguir respirando, perpetuando un momento que hace que el pequeño niño que nos ve sin entender, llore al hacerlo. Odio, total, puro y pleno odio. Desgaste. Agotamiento. Frustración. Todas las hermanas del fracaso interior se juntan a tomar el té y discutir lo que ocurre: hombre y mujer que no saben amar, se aman de a ratos, se odian otros tantos y se ignoran la mayor parte del tiempo.
Una cosa lleva a la otra y el hijo es inevitable argumento para quedarse. Es el ancla recordatoria del pacto firmado. Puños contra paredes y camas y puertas y peticiones de paz y desdén. Manifiestos de superioridad, de menosprecio, de sacrificio: ¿quién da más que quién? Y así es como se hace una montaña de nieve. Así es como se congela el paraíso. Paraíso -el cielo y el infierno dependen entre sí para existir-.
Claro, ningún drama vende en taquilla si no hay camisas rotas, golpes en el pecho y el "déjame si eso quieres".
-Lo que él no sabe es que ella a veces fantasea con volver a estar sola y no tener que cocinar-.
-Lo que ella no sabe es que él quiere irse para dejar de sentir que ella lo quiere fuera-.
Y el niño gira de un lado al otro la cabeza: su primera escena infeliz desde que nació. Sabe que no es bueno. Llora. Los latidos del corazón de su mamá están desbocados. Llora aún más fuerte.
Y el nudo en la garganta se apodera de la casa, se olvidan los saludos, la cama se vuelve diminutamente incómoda, el olor se torna denso, la ducha muy finita, la vida absurdamente inservible.
Pero hay que preparar biberones y sacar la basura y barrer y orinar y cambiarse de ropa y lavarse los dientes y jugar con el niño y salir a comprar comida. Y así termina el día: ignorando todo lo único que no debe ser ignorado.
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